Por: Guillermo Sala Razo
Desde la academia Nicolaíta, siempre he sostenido que un país que no es capaz de asegurar su propia proteína básica es un país con una soberanía frágil.
Y es que actualmente, el volumen de producción láctea sitúa a México en el puesto 14 a nivel mundial, pero esta cifra es insuficiente frente a una dependencia de fondo que aún no logramos resolver, pues nuestra demanda interna nos rebasa, ya que importamos el 27% del queso que llega a nuestras mesas, y lo más preocupante, el 74% de esas importaciones provienen de un solo socio comercial, Estados Unidos.
Esto no es solo un dato económico; es una vulnerabilidad geopolítica si consideramos que el consumo de este producto lácteo tiene una proyección de crecimiento anual del 7.6% hacia el 2033.
La gran pregunta es: ¿quién va a alimentar ese crecimiento?
¿Nuestros productores o las granjas industriales de Wisconsin?»
Estamos en la antesala de la revisión del T-MEC en julio de 2026; y hay que decirlo con claridad, el sector lácteo corre el riesgo de ser una moneda de cambio, pues estamos operando en una clara desventaja. Seguimos atados a regulaciones obsoletas que actúan como un freno a la innovación, mientras que nuestros competidores directos en Norteamérica optimizan sin descanso sus procesos biotecnológicos y su infraestructura de distribución.
Y como ejemplo, puedo señalar la deficiente cadena de frío en nuestro país, la cual es mucho más que una carencia técnica; es un freno real al progreso del campo, ya que cuando un pequeño ganadero se enfrenta a una logística costosa e inaccesible para trasladar su leche, su estabilidad financiera desaparece, quedando sentenciado al colapso económico.
Y es aquí donde existe un gran riesgo, pues en la mesa de negociación del T-MEC los EE.UU. presionarán por los nombres genéricos de los quesos, queriendo borrar nuestra identidad para que sus productos commodity inunden nuestros anaqueles.
Si cedemos en las denominaciones de origen, estaremos entregando el patrimonio cultural y económico de nuestras regiones queseras.
¿Qué propongo desde mi visión académica y del sector agroalimentario nacional?
Tres ejes de resistencia:
Diferenciación frente a la Comoditización: Ante el estancamiento del mercado mexicano debido a los elevados costos, nuestra estrategia debe enfocarse en ofrecer un alto valor nutricional a precios competitivos. Para proteger esta posición, es fundamental respaldar nuestra oferta mediante el uso de denominaciones de origen y marcas colectivas.
Soberanía Logística: Es imperativo que el gobierno reconozca la cadena de frío como infraestructura estratégica de Estado, esencial para la estabilidad del país.
Democratización de la Innovación: Innovar es la única vía para que el pequeño productor no desaparezca. Necesitamos una legislación que actúe como motor de la tecnología, eliminando las barreras que hoy frenan el progreso técnico en el campo.
La revisión del T-MEC este 2026 no debe ser una rendición, sino una exigencia de reciprocidad. No permitamos que el crecimiento proyectado hacia 2033 sea una estadística de éxito para empresas extranjeras, sino el motor de bienestar para nuestras familias rurales.
Salvaguardar el campo y la industria láctea de México es un asunto de seguridad nacional, debemos actuar para garantizar que el futuro de nuestra producción siga en manos mexicanas, #Palabra_de_Nicolaita.