Por: Guillermo Salas Razo Como investigador de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, mi quehacer cotidiano transcurre entre el rigor de la investigación y la realidad tangible del campo. Esta doble experiencia —académica y territorial— me permite constatar una verdad incuestionable: México cuenta con productores con una enorme capacidad de trabajo y un profundo conocimiento empírico de la tierra; sin embargo, el modelo productivo sustentado exclusivamente en el esfuerzo físico y el volumen de producción ha llegado a su límite histórico. Hoy, ese esquema resulta insuficiente para garantizar condiciones de vida dignas en el medio rural. Durante décadas, el Sector Agroalimentario nacional ha operado bajo una lógica de manufactura primaria, donde el valor se mide en toneladas y no en conocimiento. No obstante, el contexto global ha cambiado. La soberanía alimentaria del siglo XXI ya no se disputa únicamente en el campo, sino en la capacidad de transformar conocimiento científico en soluciones productivas: lo que se denomina “mentefactura”. Es decir, la articulación entre ciencia, innovación y territorio para generar valor agregado desde las propias instituciones de educación superior. Desde la academia Nicolaíta observo con preocupación que, si el Estado mexicano no incorpora esta visión estratégica en el marco de la próxima revisión del T-MEC, el país corre el riesgo de profundizar su papel subordinado en las cadenas agroalimentarias internacionales. México no puede llegar a esa mesa de negociación ofreciendo únicamente mano de obra competitiva en costos. La apuesta debe ser distinta y más ambiciosa: presentarnos como una nación capaz de desarrollar tecnología propia, conocimiento aplicado y soluciones innovadoras con identidad nacional. No se trata de limitarse a producir materia prima para otros, sino de participar en el diseño de los sistemas productivos que definen calidad, sostenibilidad y competitividad global. No queremos ser únicamente quienes empacan la fruta; aspiramos a ser quienes desarrollan las tecnologías que hacen de esa fruta un referente internacional. Bajo esta convicción, mi labor académica y de investigación se orienta a tres objetivos estratégicos que considero obligatorios para el país: Desarrollo tecnológico propio. México no puede seguir dependiendo de semillas, insumos y paquetes tecnológicos importados. Es imprescindible fortalecer la ciencia nacional para generar soluciones locales, reducir la dependencia externa y evitar los altos costos asociados a patentes foráneas. Gestión inteligente de los recursos naturales. La eficiencia en el uso del agua y de los insumos productivos ya no es opcional. La incorporación de tecnologías accesibles y basadas en datos permite cumplir con los estándares ambientales internacionales, al tiempo que protege los ecosistemas y garantiza la viabilidad futura del campo mexicano. Y economía circular agroalimentaria. Los subproductos agrícolas —tradicionalmente considerados desechos— representan una oportunidad estratégica. Su transformación en biocombustibles, bioinsumos o nuevos materiales constituye una vía real para generar riqueza, diversificar ingresos y fortalecer economías regionales. Por eso, mi compromiso como académico Nicolaíta va más allá de la producción de conocimiento para revistas especializadas. Implica asegurar que la investigación se traduzca en capacidades productivas reales, permitiendo que los productores de Michoacán y de México sean protagonistas y propietarios de su propio desarrollo, #PalabraDeNicolaita Navegación de entradas Soberanía Láctea y el Desafío T-MEC 2026 Nace una nueva era: Cuarta República