Por: Guillermo Salas Razo

 

Hablar de inversión privada en investigación agropecuaria es, para mí, hablar de una enorme ilusión.

Y es que, por un lado, el discurso público repite palabras como “soberanía” y “autosuficiencia alimentaria”; y por el otro, hemos dejado al campo prácticamente sin apoyos, sin programas serios de modernización productiva y con Universidades que actualizan sus planes de estudio a un ritmo que va varios pasos detrás de la realidad.

En este escenario, pedirle al sector privado que apueste fuerte por la innovación suena más a voluntarismo que a estrategia: ¿quién va a meter dinero a proyectos de largo plazo cuando las reglas cambian, los incentivos son difusos y el horizonte de política es, en el mejor de los casos, sexenal?

Lo veo con preocupación en el contexto del T‑MEC. Mientras renegociamos nuestra posición con Estados Unidos y Canadá, seguimos actuando como si la competitividad agroalimentaria dependería solo de producir más toneladas, y no de algo tan básico hoy como trazabilidad, estándares ambientales, huella de carbono o digitalización de cadenas.

Si no alineamos investigación, formación de talento e innovación con esas nuevas reglas del juego, México quedará atrapado en los segmentos de menor valor agregado, vulnerable a paneles, sanciones y decisiones que se toman fuera del país.

En resumen, al no invertir en I+D agropecuaria, estamos eligiendo negociar desde la debilidad.

A esto se suma la realidad del cambio climático, que ya no es un futuro abstracto sino una sequía concreta, una helada temprana o una plaga que no estaba en los manuales; y esto jJusto cuando deberíamos estar generando variedades y razas más resistentes, sistemas de producción más resilientes, mejores estrategias de manejo de agua y suelos, seguimos reaccionando tarde y de manera improvisada.

Sin una política clara de adaptación, le estamos pidiendo al sector privado que financie solo lo que debería ser una agenda mínima de Estado.

Y en medio de todo, nuestros programas educativos agropecuarios siguen formando buenos profesionales, sí, pero para un mundo que ya se fue. Hablamos poco de inteligencia artificial aplicada al agro, de bioeconomía, de modelos de negocios rurales innovadores, de gobernanza de datos.

Así, que no es raro que falten perfiles capaces de tender puentes entre laboratorio, rancho y empresa; incluso si hubiera recursos para invertir en investigación, muchas iniciativas se frenan simplemente porque no hay equipos preparados para diseñar, gestionar y sostener esos proyectos.

Por eso, mi lectura es directa, la falta de inversión privada en investigación agropecuaria no es solo un “defecto cultural” de los empresarios, es el resultado lógico de un entorno que premia la supervivencia y castiga el largo plazo.

Y aquí es donde quiero provocar debate tanto en la academia como en el sector productivo:

¿Vamos a seguir adaptándonos a un contexto que nos relega, o vamos a exigir cambios de fondo en incentivos, reglas del juego y prioridades de política pública?

Sin un nuevo pacto entre Universidades, productores, agroindustria y Estado que ponga a la innovación en el centro y no en el discurso, México llegará tarde a la conversación del T‑MEC ya la adaptación climática.

La pregunta incómoda es si estamos dispuestos a asumir ese costo, o a cambiar las cosas antes de que nos las cambien desde fuera. El campo mexicano ya no necesita de discursos de soberanía; necesita decisiones valientes que apuesten de verdad por la innovación, #Palabra_de_Nicolaíta.