Por: Guillermo Salas Razo Cada vez que en México se habla del T-MEC, pareciera que el país entero entra automáticamente en modo industrial: automóviles, exportaciones, relocalización de empresas, cadenas de suministro, aranceles y/o semiconductores. Y es que el debate público gira alrededor de cuánto vamos a crecer, cuántas inversiones llegarán o qué tanto resistirá nuestra economía frente al nuevo proteccionismo estadounidense. Sin embargo, leyendo la reciente nota de El País sobre la desaceleración del T-MEC, me queda una sensación incómoda: seguimos discutiendo el futuro económico nacional con categorías del siglo pasado. Seguimos pensando que el desarrollo consiste en atraer fábricas, mientras el verdadero poder mundial ya se disputa en otro terreno: el control del conocimiento, de los datos, de la tecnología, de la biotecnología y, sobre todo, de los alimentos. Estados Unidos entendió algo que en México todavía no terminamos de asumir. La economía ya no puede separarse de la seguridad nacional. Por eso Washington endurece su postura comercial, protege industrias estratégicas y reorganiza sus cadenas productivas. El problema es que nosotros seguimos apostando casi exclusivamente a convertirnos en la gran plataforma logística y manufacturera de Norteamérica. Y es que nos entusiasma mucho el Nearshoring, como si automáticamente significara desarrollo nacional. Pero habría que preguntarnos algo más incómodo: ¿desarrollo para quién y bajo qué condiciones? Porque una cosa es recibir inversiones y otra muy distinta construir soberanía económica, científica y tecnológica. Y aquí es donde el debate agroalimentario debería colocarse en el centro de la discusión nacional. Mientras todos celebran los nuevos parques industriales y los centros de datos, casi nadie pregunta quién producirá los alimentos de México en las próximas décadas, quién controlará las semillas, quién tendrá la propiedad de los datos agrícolas, quién desarrollará la biotecnología y quién definirá el futuro del campo mexicano. Ese silencio no es casual; pues durante años, el modelo económico derivado del TLCAN y ahora del T-MEC impulsó una integración profundamente desigual: México exporta manufactura y agroindustria, pero importa conocimiento estratégico. Somos potencia exportadora de aguacate, berries y cerveza premium, pero dependemos del exterior para gran parte de los granos básicos, fertilizantes, maquinaria y tecnología agrícola. Esto es una contradicción enorme que casi nunca nos atrevemos a discutir abiertamente. Y es que la economía del conocimiento en México ha sido diseñada pensando en Silicon Valley, no en el campo mexicano. Hablamos de inteligencia artificial para centros financieros y plataformas digitales, pero casi nunca de inteligencia artificial para la soberanía alimentaria. Nos obsesiona la digitalización industrial, pero no discutimos seriamente cómo usar la ciencia pública para enfrentar la crisis hídrica, mejorar sistemas agroecológicos o fortalecer cadenas alimentarias regionales. Pareciera que el conocimiento tecnológico solo tiene valor cuando genera rentabilidad corporativa, pero no cuando puede garantizar autonomía alimentaria o bienestar territorial. Y aquí, quiero plantear una idea que seguramente incomodará a más de uno: México no solo vive extractivismo minero, laboral o energético; también vive un profundo extractivismo cognitivo. Las grandes corporaciones agroindustriales y tecnológicas extraen biodiversidad, conocimiento campesino, información genética, datos climáticos y prácticas ancestrales para después convertir todo eso en propiedad intelectual privada. Nuestro conocimiento producido históricamente en los territorios rurales termina encapsulado en patentes, plataformas y paquetes tecnológicos controlados desde el exterior. Mientras tanto, nuestras comunidades quedan reducidas a proveedoras de materia prima biológica y trabajo barato. Y lo más preocupante es que muchas veces la propia Universidad Pública participa indirectamente en esta lógica. Y lo digo desde dentro, como universitario y como Nicolaíta convencido de la enorme responsabilidad histórica que tenemos. Con demasiada frecuencia nuestras Universidades siguen atrapadas en modelos burocráticos de investigación, obsesionadas con indicadores, papers y rankings, pero desconectadas de los problemas estructurales de sus territorios. Formamos profesionistas altamente capacitados para insertarse en cadenas globales, pero no necesariamente ciudadanos capaces de construir soberanía científica nacional. Producimos recursos humanos para el mercado antes que conocimiento estratégico para el país. Por eso creo que la desaceleración del T-MEC debería provocar una discusión mucho más profunda que la simple preocupación por las exportaciones o el crecimiento económico. Debería obligarnos a preguntarnos qué tipo de desarrollo queremos construir y cuál debe ser el papel de la Universidad Pública en ese proceso. Si el nuevo orden global estará marcado por disputas tecnológicas, energéticas y agroalimentarias, entonces México necesita mucho más que parques industriales: necesita ciencia propia, innovación territorial, soberanía tecnológica y una política nacional de conocimiento vinculada al campo, al agua, a la biodiversidad y a la alimentación, #Palabra_de_Nicolaíta. Navegación de entradas Los Discursos ya No dan de Comer; la Nueva Competitividad de México Exige Ciencia, Talento y Visión ¿De verdad somos una Potencia Agroalimentaria? La Realidad Rural Abre el Debate”