Por: Guillermo Salas Razo

Desde mi perspectiva como académico profundamente comprometido con el pulso social de Michoacán y de nuestro México, sostengo con firmeza que este mayo de 2026 nos coloca ante una intersección histórica que va mucho más allá de lo meramente comercial o administrativo; la revisión del T-MEC.

Y es que esta debe entenderse, ante todo, como un catalizador urgente para un cambio de paradigma que sea auténticamente humano, técnico y ético.

Estoy convencido de que la competitividad de nuestra nación no puede seguir anclada en la narrativa del bajo costo de la mano de obra, pues perpetuar ese modelo es ignorar la inmensa capacidad creativa de nuestro pueblo.

En su lugar, debemos abrazar con empatía y una visión de Estado, el tránsito definitivo hacia la «mentefactura», un modelo donde el valor central no sea el esfuerzo físico mal remunerado, sino la dignidad que emana del conocimiento aplicado y el talento especializado de nuestra gente.

En el ejercicio diario de mi labor como investigador y docente, observo con claridad que la verdadera soberanía nacional en este siglo XXI no se defiende con discursos aislados, sino que se construye directamente en el territorio, otorgando a cada trabajador (muy especialmente a quienes sostienen nuestros sectores agroindustriales, ganaderos y rurales),  las herramientas de certificación y profesionalización que validen con rigor y orgullo su experiencia de vida; abriéndoles por fin las puertas a una movilidad social ascendente y genuina que por años les ha sido negada.

Bajo esta premisa, defiendo que la Universidad Pública tiene la obligación moral de dejar de ser una isla de privilegios académicos o una estructura distante, para transformarse en un puente vibrante que camine las comunidades, que escuche con humildad los problemas de los productores y que sea capaz de traducir la investigación científica más avanzada en soluciones tecnológicas reales que combatan de raíz las brechas de desigualdad que aún fracturan a nuestra sociedad.

Por eso para mí, la labor intelectual carece de sentido si se ejerce desde el aislamiento de un cubículo; por el contrario, la entiendo como una responsabilidad compartida y una vocación de servicio donde el reconocimiento oficial de las competencias de nuestros ciudadanos, bajo estándares de excelencia, se convierta en el motor de una justicia económica que no deje a nadie en el olvido dentro de esta compleja dinámica global.

Solo así, integrando la técnica más sofisticada con una profunda sensibilidad social, lograremos que el progreso científico deje de ser una cifra estadística o un indicador macroeconómico para convertirse en bienestar tangible, en mejores oportunidades para los jóvenes que hoy buscan un propósito y en una vida digna para las familias que son la razón de ser de nuestra tierra michoacana y de todo el país, #Palabra_de_Nicolaíta.