Por: Guillermo Salas Razo

Hoy me dirijo, con sentido de urgencia, a los actores estratégicos del sector agroalimentario y a las autoridades responsables del desarrollo rural en México.

Como académico e investigador de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, levanto la voz desde el territorio y desde la ciencia. Mi preocupación no es abstracta: nace del campo, de sus limitaciones estructurales y de su creciente rezago frente a un mundo que avanza a velocidad exponencial.

Resulta profundamente alarmante constatar que, aun disponiendo del conocimiento, del capital humano y de herramientas como la Inteligencia Artificial y la Agricultura de Precisión, el sector rural mexicano continúa atrapado en una crónica desinversión tecnológica. Este rezago no solo compromete la competitividad del país, sino que profundiza la escasez de mano de obra, eleva los costos de producción y condena al campo a reproducir esquemas de baja eficiencia.

Mi postura es clara y no admite ambigüedades: no podemos seguir tolerando que la innovación sea un privilegio de unos cuantos cuando debería constituir la infraestructura básica de la mayoría. Persistir en este modelo equivale a aceptar el estancamiento como una política pública no declarada.

La infrautilización tecnológica no es un problema meramente técnico; es una falla estructural con consecuencias sociales profundas. Cada ciclo agrícola que se pierde por falta de tecnificación es una oportunidad perdida para generar bienestar, arraigo territorial y sostenibilidad. Como Universitarios, no solo tenemos el derecho, sino la obligación ética de señalar esta omisión y contribuir activamente a corregirla.

Desde la Casa de Hidalgo, mi compromiso trasciende las aulas. Nuestra labor investigativa está orientada a escalar soluciones reales: transformar la ganadería en un modelo regenerativo y convertir la agricultura en un sistema de precisión que valore cada litro de agua, cada hectárea y cada decisión productiva. La ciencia aplicada ya existe; los modelos están probados.

No obstante, para que esta transición deje de ser un ejercicio de laboratorio y se traduzca en impacto territorial, debemos romper el cuello de botella más persistente: la inversión estancada y la falta de visión estratégica.

La sostenibilidad que México demanda —y que el contexto climático impone— solo será posible si logramos alinear el rigor científico con una voluntad política y empresarial decidida a capitalizar el talento humano que nuestras universidades públicas están formando. De nada sirve producir conocimiento si no se crean los mecanismos para ponerlo a trabajar.

La academia Nicolaíta está preparada para aportar el cómo: metodologías, tecnología, acompañamiento técnico y evaluación de impacto. Sin embargo, el verdadero cambio depende de una sinergia que abandone inercias, supere esquemas tradicionales y se atreva a construir una visión de futuro audaz, compartida y territorialmente comprometida.

Por ello, hago un llamado directo a la reflexión y, sobre todo, a la acción coordinada. Pongo a disposición la capacidad técnica y operativa de nuestras líneas de investigación para diseñar una hoja de ruta que recupere la productividad, la resiliencia y la dignidad del campo michoacano.

La pregunta es inevitable: ¿existe la apertura para transformar este diagnóstico en una alianza estratégica que movilice, de una vez por todas, los recursos hacia la tecnificación del campo?

El conocimiento está listo para salir a trabajar. La ciencia ya cumplió su parte. Lo que falta es la decisión colectiva de invertir en la inteligencia que el futuro de México exige hoy, no mañana.

Esperamos una respuesta clara y un compromiso firme para iniciar esta colaboración impostergable. El tiempo del campo y del país se está agotando, #Palabra_de_Nicolaíta.