Por: Guillermo Salas Razo A mis estudiantes, cuando discutimos sobre economía y sector primario, siempre les hago la misma pregunta: ¿De qué nos sirve ser una potencia agroalimentaria en el papel, si allá afuera, en nuestras comunidades, la tierra apenas da para vivir? Nos llenamos la boca presumiendo récords de exportación que deslumbran en congresos internacionales, pero vamos a hablar con la verdad, el éxito de nuestro campo es, para la gran mayoría, una ilusión. Vivimos una dualidad que ya no se sostiene. Por un lado, aplaudimos a un sector agroexportador de élite, altamente tecnificado, diseñado a la medida para cumplir con las exigencias del extranjero; y por el otro lado, pasamos por alto a ese inmenso segmento de pequeños y medianos productores que son los que realmente sostienen nuestra soberanía alimentaria. Y aquí es donde tenemos que ser muy analíticos con nuestras políticas comerciales. La revisión del T-MEC la tenemos encima, y no podemos ir a esas mesas internacionales a competir únicamente ofreciendo trabajo físico extenuante y abaratando nuestra mano de obra. Seguir compitiendo en el siglo XXI apostando por ser la maquila agropecuaria barata del norte es una condena al subdesarrollo. Lo que el campo necesita con urgencia es una transformación estructural: tenemos que transitar definitivamente de la manufactura a la mentefactura; y para dar ese salto cualitativo, las universidades no podemos quedarnos al margen. Como Universitario y como Nicolaíta lo digo: en las Instituciones de Educación Superior (IES) no hemos cumplido a cabalidad con nuestro entorno productivo; en gran medida porque nuestra visión ha sido principalmente académica, concentrada hacia adentro de nuestras facultades. Pero nuestra verdadera responsabilidad va mucho más allá; se trata de democratizar el conocimiento y llevar la innovación a donde verdaderamente se requiere y se produce. He insistido en que tenemos que salir de los cubículos y convertirnos en el motor que profesionalice a los trabajadores del campo. ¿Y cómo lo hacemos? Pues empezando por la validación formal del talento, necesitamos impulsar esquemas integrales de desarrollo, profesionalización y certificación de competencias en todos los actores de la cadena agroalimentaria: productores, técnicos, jornaleros, operadores, extensionistas, transportistas, transformadores, investigadores, comercializadores y emprendedores rurales. Debemos construir sistemas rigurosos que avalen que nuestra gente no representa únicamente mano de obra operativa, sino capital humano altamente especializado, capaz de operar tecnologías de precisión, garantizar procesos de inocuidad, implementar modelos sostenibles de producción, adoptar herramientas digitales y responder a los retos globales de competitividad, trazabilidad y seguridad alimentaria. Certificar esos saberes es justicia cognitiva; es darle a nuestra gente las herramientas para que defiendan su valor y eleven su dignidad laboral. Si las Universidades no integramos la ciencia, la innovación y la profesionalización en la base productiva de nuestro territorio, la cacareada potencia exportadora seguirá siendo de unos cuantos. El sector agroalimentario ya no requiere narrativas asistencialistas ni acciones temporales que únicamente maquillan los desafíos estructurales. Lo que realmente demanda es visión estratégica, innovación y conocimiento aplicado al territorio. Solo mediante el fortalecimiento de capacidades, la tecnología y la profesionalización podremos consolidar una verdadera soberanía alimentaria, #Palabra_de_Nicolaíta. Navegación de entradas ¿Y si el T-MEC nunca fue para Desarrollar a México… sino para Domesticar a Sus Universidades y su Ciencia? ¿Somos una Potencia Agroalimentaria? No Mientras Sigamos Abandonando la Investigación Agropecuaria