Por: Guillermo Salas Razo

Siempre he creído que Michoacán tiene una deuda pendiente, y no con su tierra que es generosa y nos ha dado el primer lugar mundial en tantos frutos, sino con las manos que la trabajan.

En un recorrido por nuestras huertas y plantas procesadoras, me doy cuenta de algo evidente, tenemos expertos empíricos por todos lados; gente que sabe exactamente cuándo un fruto está en su punto, cómo manejar una línea de empaque con precisión o cómo optimizar el riego en sus cultivos. Sin embargo, ese conocimiento, por más valioso que sea, suele ser invisible para el mercado formal.

Es aquí donde entra mi visión de lo que realmente significa el empoderamiento económico del campo, pues no se trata solo de comprar mejores tractores o usar drones; se trata de nuestros productores y productoras que llevan años seleccionando fruta con la experticia de la inocuidad, tengan un documento que los diga, «Lo que sabe hacer, lo hace bajo estándares de excelencia».

Y hablemos claro, la certificación de competencias de desempeño no es un simple papel colgado en la pared, es el reconocimiento a la dignidad del trabajador.

Cuando certificamos el perfil de una persona, le estamos dando un «valor de mercado» a su experiencia, pues ese trabajador ya no solo «sabe hacer las cosas», ahora «puede demostrar que las hace bien».

Esto genera un círculo virtuoso que Michoacán necesita con urgencia:

El del valor Individual al trabajador para que gane confianza, mejores oportunidades salariales y movilidad laboral.

El del fortalecimiento empresarial para que una empresa agroindustrial con personal certificado reduzca sus mermas, evite accidentes y garantice calidad; una empresa con gente certificada no solo vende productos, vende confianza.

Y el de la competitividad Estatal, pues sí el sector agroalimentario michoacano se profesionaliza desde la base, dejamos de competir solo por precio y empezamos a competir por calidad y eficiencia técnica.

Para que este sueño aterrice, necesitamos una institución que sea el eje de esta inercia, y no hay otra con el peso histórico y social en nuestro estado para ser el centro de esta transformación como la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo.

Imagino nuestra UMSNH no solo formando ingenieros en las aulas, sino saliendo al campo para evaluar y certificar a quienes ya están en la línea de batalla. La UMSNH tiene la autoridad moral y técnica para ser el gran aval de este proceso, actuando como el puente entre el saber popular y la norma técnica.

Por supuesto, no podemos ir solos; el fortalecimiento del sector agroindustrial primario de Michoacán requiere de una red sólida y necesitamos una alianza estratégica con los organismos certificadores nacionales e internacionales (como el CONOCER o normas ISO de competencia laboral).

Estas alianzas permitirán que el esfuerzo de nuestra gente sea reconocido no solo en Michoacán, sino en cualquier mercado del mundo al que exportamos.

Por eso, si queremos un estado líder, debemos ver a nuestra gente en el campo como un activo certificado; apostarle a la persona es la inversión más rentable que podemos hacer. Es hora de que el orgullo de decir «Soy del Campo» venga acompañado de un certificado que respalde esa maestría que ya poseen nuestras manos michoacanas, #Palabra_de_Nicolaíta.