Por: Guillermo Salas Razo

 

Desde hace tiempo sostengo que lo ocurrido con el T-MEC no puede calificarse como una sorpresa.

Quien haya seguido con atención la evolución de la política comercial estadounidense difícilmente podría afirmar que esta decisión apareció de la nada.

A mi juicio, la negativa de Estados Unidos a consolidar una renovación de largo plazo y sustituirla por revisiones anuales refleja un cambio profundo en la lógica de la relación económica con México: la estabilidad deja de ser un principio y se convierte en una negociación permanente.

Dicho de otra manera, el comercio deja de descansar en reglas relativamente predecibles para depender, cada año, de los intereses políticos, electorales y económicos que dominen la agenda de Washington.

Ese escenario me obliga a plantear una pregunta incómoda: ¿Seguiremos creyendo que nuestro principal mercado actuará con criterios de integración regional, cuando las señales apuntan exactamente en sentido contrario?

Desde mi perspectiva, el mayor riesgo no está en el tratado mismo, sino en la vulnerabilidad con la que México llegará a cada revisión.

El sector agroalimentario, que durante años ha sido uno de los pilares de la balanza comercial nacional, será también el primero en enfrentar las presiones. No porque nuestros productores hayan perdido competitividad, sino porque competir ya no será suficiente cuando las decisiones respondan más al cálculo político que a la eficiencia económica.

Hoy resulta evidente que la política estadounidense buscará proteger a sus propios productores, y eso significa que conceptos aparentemente técnicos, como la estacionalidad, las medidas fitosanitarias, la trazabilidad o las investigaciones por dumping, pueden convertirse en herramientas de presión comercial perfectamente legales, aunque su propósito sea limitar el acceso de los productos mexicanos.

Lo que más me preocupa es que México enfrentará este nuevo escenario con debilidades que nosotros mismos hemos permitido crecer.

Mientras discutimos discursos sobre soberanía, el campo sigue padeciendo restricciones presupuestales, rezagos en sanidad e inocuidad, infraestructura insuficiente, una creciente presión sobre el agua y una inseguridad que incrementa los costos de producir y transportar alimentos.

Me parece una contradicción hablar de fortaleza negociadora cuando internamente debilitamos las instituciones que precisamente sostienen nuestra competitividad. Ningún país puede aspirar a defender con éxito sus exportaciones si primero descuida los cimientos técnicos que les dan credibilidad internacional.

Sin embargo, también creo que toda crisis obliga a redefinir prioridades. Continuar dependiendo casi exclusivamente del mercado estadounidense ya no es una estrategia inteligente; es un riesgo estructural.

Diversificar mercados dejó de ser un discurso recurrente para convertirse en una necesidad económica. La modernización de acuerdos con otros bloques comerciales, la incorporación acelerada de tecnologías para garantizar trazabilidad, la digitalización de los procesos productivos y la generación de mayor valor agregado deben entenderse como decisiones estratégicas y no como proyectos de largo plazo que siempre terminan posponiéndose.

Si seguimos exportando principalmente materias primas mientras otros capturan el valor industrial, continuaremos siendo vulnerables cada vez que cambie el clima político del otro lado de la frontera.

Al final, considero que el verdadero debate ni siquiera gira alrededor del T-MEC. El asunto de fondo es si México está dispuesto a construir una política agroalimentaria capaz de reducir su dependencia comercial o si seguirá reaccionando cada vez que Estados Unidos modifique las reglas.

Porque, siendo francos, Washington no está haciendo nada distinto a defender sus intereses nacionales.

La pregunta incómoda es: ¿quién está defendiendo a los nuestros con la misma determinación?.

 Mientras no respondamos esa interrogante con decisiones técnicas, presupuestales y estratégicas, seguiremos confundiendo integración económica con dependencia; y esa, desde mi punto de vista, es la discusión que realmente deberíamos estar dando, #Palabra_de_Nicolaíta.