Por: Guillermo Salas Razo Hay una idea que se repite con mucha facilidad en el discurso público sobre el campo: que el problema se resuelve “apoyando más”: más subsidios, más insumos, más programas, más Intermediación institucional. Pero cada vez estoy más convencido de algo que incomoda decir en voz alta: el problema no es la falta de apoyo, sino la forma en que han decidido gobernar, pensar e intervenir el campo durante décadas. En los últimos días he vuelto a una idea que, como Académico y como Michoacano, me resulta imposible dejar pasar: el campo no está fallando por falta de esfuerzo, sino por exceso de desgaste. Durante años nos han contado la historia del “éxito agrícola” en América Latina como si fuera una victoria técnica y productiva. Pero cuando uno revisa con calma lo que está pasando en el territorio, la explicación es otra: estamos produciendo más, sí, pero no necesariamente mejor; y mucho menos de manera sostenible. El crecimiento del campo, en buena medida, ha descansado en tres cosas que deberían preocuparnos: más tierra incorporada al cultivo, más agua extraída del sistema natural y una dependencia creciente de insumos que se vuelven cada vez más caros para el productor. Y es aquí es donde creo importante ser directo: el problema no recae en quienes trabajan la tierra, al contrario, son ellos quienes mantienen en pie un sistema que, en muchas ocasiones, no les deja mucho espacio para decidir o mejorar sus condiciones. El productor hace lo que puede con lo que tiene: se ajusta al clima, enfrenta el aumento de los costos, navega la incertidumbre del mercado y, con frecuencia, trabaja sin el acompañamiento técnico que realmente necesita. Por eso, el punto de fondo es otro: hemos construido un esquema que durante mucho tiempo ha sido más eficiente en distribuir insumos que en construir capacidades. Y eso, tarde o temprano nos cobrará la factura, porque la tecnología, por sí sola, no resuelve nada. Una semilla mejorada, un sistema digital o incluso la inteligencia artificial aplicada al agro no cambian la realidad si no existe alguien con las herramientas cognitivas, técnicas y económicas para apropiarse de ellas. Sin ese puente, la innovación se queda en el discurso o termina profundizando la dependencia. A partir de ahí, la pregunta se vuelve inevitable, y a mí en lo personal me incomoda porque toca el diseño mismo de nuestras políticas públicas: ¿Por qué seguimos apostando a subsidiar insumos que desgastan el suelo, en lugar de invertir en el desarrollo de capacidades de quienes lo trabajan todos los días? Es una pregunta que no es nueva, pero sí cada vez más urgente. Y aquí es donde me toca hablar desde la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, porque esta discusión no es ajena a nosotros, y no podemos quedarnos observando este proceso como si fuera un fenómeno externo. El campo michoacano también es territorio de responsabilidad académica. Por eso, si algo nos exige este momento es dejar de ver la ciencia como un ejercicio que termina en el laboratorio o en el artículo académico, y empezar a entenderla como esa herramienta que tiene que llegar al campo. Ahí es donde la llamada mentefactura rural debe dejar de ser un concepto y se debe volver en una necesidad concreta: acompañamiento técnico, transferencia de conocimiento, formación práctica y, sobre todo, una relación más directa entre nuestra Institución y quienes producen alimentos. Porque cuando el productor entiende mejor su sistema productivo, cuando toma decisiones con base en conocimiento y no solo en costumbre o en presión del mercado, algo cambia de fondo: mejora su productividad, sí, pero también su autonomía. Y eso no es menor. El conocimiento tiene una característica que pocas veces valoramos lo suficiente: no se agota cuando se usa; al contrario, se multiplica cuando se comparte. Por eso, en lo personal, esto me conduce a una conclusión que considero indispensable: no se trata de producir más a cualquier costo, se trata de producir mejor, con inteligencia, con acompañamiento y con una visión de futuro que no siga hipotecando el capital natural de las próximas generaciones. Por eso, dejo planteada esta pregunta como una auténtica inquietud para quienes formamos parte de la vida universitaria: ¿Seguiremos formando profesionistas que miran los problemas a distancia, o daremos un paso hacia la formación de capacidades que realmente incidan en la transformación del campo michoacano? Nuestro campo ya no está demandando más insumos; lo que hoy exige, y quizá con mayor urgencia, es algo mucho más complejo de construir: inteligencia aplicada, compromiso sostenido y una presencia verdaderamente cercana. Y es justamente aquí donde, como Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, tenemos que definir con claridad de qué lado queremos estar, #Palabra_de_Nicolaita. Navegación de entradas En Michoacán no Necesitamos Descubrir el Talento: ¡¡Necesitamos Dejar de Ignorarlo!! “Ya lo Veía Venir”: el Verdadero Problema del T-MEC nunca fue Estados Unidos, sino México.