Por: Guillermo Salas Razo Como académico Nicolaíta me resulta imposible observar la realidad educativa de México sin experimentar una profunda preocupación por el rumbo que estamos tomando como nación; y es que la vocación social de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo me ha enseñado que el conocimiento solo adquiere verdadero sentido cuando se convierte en una herramienta al servicio de las causas más sensibles de la sociedad, particularmente de aquellos sectores que históricamente han quedado al margen de las oportunidades. Pues analizando los indicadores educativos y contrastándolos con la realidad cotidiana de millones de familias mexicanas, veo que emerge una verdad incómoda: detrás de los discursos sobre transformación, innovación y desarrollo persiste una deuda estructural que continúa limitando el futuro de generaciones enteras. La desigualdad educativa, esa que sigue siendo una de las expresiones más profundas de la brecha social que enfrenta nuestro país. Y aunque esta problemática está presente en todo nuestro país, sus efectos son particularmente evidentes en las comunidades rurales, donde convergen múltiples factores de exclusión: menores oportunidades de acceso, infraestructura limitada, dificultades de conectividad, escasez de recursos especializados y una desvinculación histórica entre los modelos educativos y las necesidades reales de los territorios. Esto resulta en una evidente contradicción, pues mientras que México aspira a integrarse plenamente en una economía basada en el conocimiento, ciencia e innovación; amplios sectores de la población continúan enfrentando barreras que les impiden acceder a una educación pertinente, de calidad y vinculada con los desafíos contemporáneos. Y es que precisamente son las familias rurales y los pequeños productores quienes sostienen una parte fundamental de la actividad económica de nuestro país, la actividad agroalimentaria nacional, misma que contribuye a la seguridad alimentaria, al empleo y al desarrollo económico de México. Sin embargo, nuestras comunidades rurales siguen enfrentando limitaciones para que las nuevas generaciones tengan el acceso oportuno a la formación científica, tecnológica y profesional necesaria para desarrollar sus capacidades, impulsar procesos de innovación y convertirse en protagonistas de la transformación de sus propias comunidades. Y ahora, ante los desafíos cada vez más complejos como el cambio climático, la escasez de agua, la transición energética, la inteligencia artificial y la transformación de los mercados globales, resulta legítimo preguntarnos si el sistema educativo actual está realmente preparando a México para enfrentar el futuro. Por eso, si millones de estudiantes reciben una formación desvinculada de sus realidades sociales, productivas y culturales, difícilmente podremos construir una sociedad innovadora y competitiva. La educación ya no puede continuar entendiéndose únicamente como cobertura, matrícula o cumplimiento de indicadores administrativos. La verdadera transformación educativa ocurre cuando el aprendizaje genera capacidades, fortalece comunidades y abre caminos de movilidad social. Esto implica reconocer que educar no es solamente transmitir conocimientos, sino formar ciudadanos capaces de comprender su entorno, resolver problemas y participar activamente en el desarrollo de su sociedad. Por ello, es indispensable impulsar una nueva visión educativa sustentada en tres grandes pilares: Primero hay que dignificar la labor docente, reconociendo a maestras y maestros como agentes fundamentales de transformación social, capaces de acompañar procesos educativos contextualizados y cercanos a las comunidades. Segundo se deben construir políticas públicas con una perspectiva integral, entendiendo que la educación no ocurre de manera aislada, sino dentro de familias, comunidades y territorios con realidades específicas. Tercero se requiere una inversión decidida en infraestructura científica, tecnológica y digital que permita cerrar las brechas existentes y garantizar que ningún estudiante, sin importar su origen o lugar de residencia, quede excluido de las herramientas necesarias para participar en la sociedad del conocimiento. La educación no es un tema secundario, pero tampoco debe verse como un problema exclusivo del campo; representa una de las expresiones más visibles de una deuda educativa nacional que afecta el desarrollo económico, la cohesión social y la capacidad de México para construir un futuro más justo y competitivo, #Palabra_de_Nicolaita. Navegación de entradas Mundial 2026: ¿Banquete Global o Indigestión para el Campo Mexicano?