Por: Guillermo Salas Razo Se nos avecina la revisión del T-MEC, y esto representa un reto importante para la estructura productiva de nuestro país. Este momento nos invita a reflexionar seriamente sobre cómo fortalecer nuestra economía frente a nuevas formas de proteccionismo que ya no se limitan a los aranceles tradicionales. En este contexto, el llamado “Pasaporte de Competencias” deja de ser una idea opcional y se convierte en una estrategia clave. Se trata de una herramienta que permite reconocer y validar el talento de las personas con estándares alineados a las exigencias del mercado global, aportando así a la soberanía laboral. Desde mí visión Nicolaíta, esto implica entender que la competitividad real no depende solo de los recursos naturales o de la ubicación geográfica, sino de la capacidad de demostrar que nuestros procesos y habilidades cumplen con altos niveles de calidad y excelencia. Avanzar hacia la mentefactura —un modelo donde el valor proviene del conocimiento aplicado— requiere sistemas que validen tanto el aprendizaje práctico como el académico; de esta manera, el conocimiento se convierte en un activo reconocido internacionalmente. En este sentido, las certificaciones de competencias funcionan como una protección sólida frente a barreras no arancelarias, que muchas veces se justifican bajo supuestas diferencias técnicas o laborales. Al estandarizar las habilidades nuestros trabajadores y egresados, se fortalece su perfil profesional y se les brinda una identidad laboral más sólida. Esto reduce riesgos de exclusión en los mercados y permite que los productos y servicios de Michoacán y México lleguen a negociaciones internacionales con un respaldo de calidad difícil de cuestionar. Esta perspectiva también nos lleva a replantear el papel de la universidad pública. Más allá de otorgar títulos, debe convertirse en un motor de movilidad social basado en la capacidad de resolver problemas y mejorar la productividad regional a través del reconocimiento de habilidades concretas. La identidad Nicolaíta, históricamente vinculada a valores como la justicia social y el humanismo, encuentra en la profesionalización técnica una nueva forma de defender la soberanía nacional. Un trabajador certificado tiene más herramientas para negociar y un país con talento validado es un país con mayor peso en el escenario económico de Norteamérica. Finalmente, apostar por este “Pasaporte de Competencias” significa prepararnos para la revisión del tratado en 2026 desde una posición más fuerte; significa confiar en que la calidad y preparación de nuestra gente será el argumento principal para impulsar un desarrollo más justo, donde el conocimiento certificado se convierta en la clave para abrir oportunidades y construir una prosperidad compartida, #Palabra_de_Nicolaíta. Navegación de entradas Movilidad Social en América Latina: la Promesa que aún No se Cumple