Por: Guillermo Salas Razo La reciente decisión del Departamento de Comercio de Estados Unidos de aplicar un arancel preliminar del 18.32% a la fresa mexicana impacta directamente a regiones productoras como el Valle de Zamora y el Bajío michoacano. Más allá del dato, este hecho refleja un patrón que se repite: productos emblemáticos del estado enfrentan barreras comerciales en momentos clave. Primero fue el tomate, hoy es la fresa, y si no se toman decisiones estratégicas, mañana podría ser cualquier otro cultivo representativo. En el contexto actual, previo a la revisión del T-MEC, este tipo de medidas no deben interpretarse como hechos aislados, sino como parte de una política comercial más amplia; por ello, la pregunta central ya no es por qué ocurre, sino qué acciones concretas deben tomarse para reducir la vulnerabilidad del sector agroalimentario. Una primera línea de acción es la diversificación de mercados, puesto que depender casi totalmente de un solo destino de exportación, como ocurre con la fresa mexicana, implica un alto riesgo. En términos simples, es como apostar toda la cosecha a un solo comprador. Ante cualquier cambio en las reglas, el impacto es inmediato; por ello, resulta fundamental aprovechar la infraestructura existente, como el Puerto de Lázaro Cárdenas, para abrir y consolidar mercados en Asia y Europa. Esto implica no solo exportar más, sino cumplir con estándares sanitarios y de calidad cada vez más exigentes, lo cual requiere acompañamiento técnico y científico. Un segundo eje clave es el impulso al valor agregado, ya que comercializar la fruta en estado fresco expone a nuestros productores a medidas como los aranceles o acusaciones de competencia desleal. En cambio, transformar la fresa en productos procesados como polvos, extractos o derivados industriales permite acceder a otros mercados, mejorar precios y reducir riesgos comerciales. Además, este proceso genera empleos mejor remunerados en el estado y fortalece la cadena productiva local. Apostar por la agroindustria no es solo una opción, sino una necesidad para competir en condiciones más justas. Y el tercer elemento fundamental es el papel de la ciencia y la investigación, pues las acusaciones de prácticas desleales que nos señalan pueden enfrentarse con evidencia técnica sólida. Es necesario demostrar, con datos claros, que la competitividad del campo michoacano se basa en factores reales como el clima, la tecnificación, la eficiencia productiva y la experiencia de los productores. En este punto, las universidades, como la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, tienen una responsabilidad importante en generar estudios, análisis de costos y respaldo científico que fortalezcan la posición de México en negociaciones internacionales. En conjunto, estas tres líneas diversificación de mercados, valor agregado y respaldo científico permiten construir una estrategia más sólida para el sector agroalimentario. El campo michoacano no necesita apoyos asistenciales, sino condiciones equitativas para competir. Sin embargo, el entorno actual exige ir más allá del esfuerzo en la producción; también es necesario fortalecer la inteligencia comercial, la innovación y la articulación entre productores, academia y sector público. La situación de la fresa debe entenderse como una señal de alerta que representa una oportunidad para corregir debilidades estructurales y avanzar hacia un modelo más resistente y competitivo. La colaboración entre el conocimiento académico y la experiencia del productor será determinante para lograrlo, #Palabra_de_Nicolaíta. Navegación de entradas Con todo Rigor – Morena y el salto a la democracia directa Certificarse o Estancarse: la Economía Personal del Conocimiento