Por: Guillermo Salas Razo

 Hay una idea que desde hace tiempo no deja de inquietarme, y es que cada vez que escucho que México es una potencia agroalimentaria y que nuestras exportaciones baten nuevos récords, inevitablemente me surge la misma pregunta:

¿Ese éxito realmente se refleja en la mesa de las familias mexicanas?

No lo pregunto para restarle mérito al enorme esfuerzo de nuestros productores; al contrario, si alguien reconoce la capacidad, el talento y el compromiso del campo mexicano, Yo Soy el Primero en Reconocerlo.

Lo que me preocupa es que, mientras que muchas veces como país celebramos cifras históricas de producción y/o exportación, millones de personas siguen teniendo cada vez más dificultades para acceder a una alimentación saludable.

Y es que algo, definitivamente, no está funcionando.

Hace unos días revisaba un informe de la FAO que me dejó pensando durante varias horas.

En apenas cinco años, el costo de una alimentación saludable aumentó alrededor de un 25 % y hoy casi una tercera parte de la población mundial simplemente no puede pagarla.

Lo más preocupante es que el problema no siempre comienza en el campo; de hecho, buena parte del incremento en el precio ocurre después de que los alimentos abandonan la parcela.

Y ahí, creo yo, está una de las grandes contradicciones que pocas veces discutimos.

Nos hemos obsesionado con producir más, pero muy poco con lograr que esos alimentos lleguen, en condiciones adecuadas y a precios accesibles, hasta quienes más los necesitan.

Seguimos evaluando el éxito agrícola por toneladas cosechadas, cuando quizá deberíamos comenzar a medirlo por la calidad de la alimentación de nuestra población.

Permítame compartirle una pregunta que, en lo personal, considero inevitable:

¿Podemos llamarnos potencia agroalimentaria cuando cada día resulta más difícil acceder a los alimentos?

Desde mi punto de vista, esa es la discusión que verdaderamente importa.

Durante muchos años orientamos buena parte de nuestra agricultura hacia los mercados internacionales. Y no hay nada malo en exportar; al contrario, representa una enorme oportunidad para miles de productores.

El problema aparece cuando el mercado interno deja de ser prioridad y terminamos enviando al extranjero alimentos de alto valor nutricional, mientras para muchas familias mexicanas esos mismos productos comienzan a convertirse en un lujo.

Por eso, yo no creo que el desafío sea producir más, al contrario, estoy convencido de que el verdadero reto consiste en organizar mejor lo que ya producimos.

Cada vez estoy más seguro de que el futuro del sector agroalimentario dependerá menos del incremento en el rendimiento por hectárea y mucho más de nuestra capacidad para construir cadenas de suministro inteligentes.

Porque de poco sirve invertir en genética, mecanización o agricultura de precisión si una parte importante de la cosecha termina perdiéndose por deficiencias en el almacenamiento, la refrigeración, el transporte o la comercialización.

Desde hace tiempo vengo sosteniendo que el campo mexicano necesita dar el paso de la manufactura hacia la mentefactura, e insisto en que hoy más que nunca esa idea cobra un significado todavía más amplio.

La mentefactura no solo ocurre dentro de la parcela; también sucede cuando utilizamos inteligencia, tecnología y conocimiento para mover un alimento desde el productor hasta la mesa con mayor eficiencia, menor desperdicio y mejores oportunidades para todos.

Eso implica dejar de ver la logística como un gasto y comenzar a entenderla como infraestructura estratégica. Significa profesionalizar la cadena de valor, fortalecer los sistemas de trazabilidad, incorporar inteligencia artificial para planear la producción de acuerdo con las necesidades reales del mercado y crear centros de acopio que agreguen valor en lugar de limitarse a almacenar productos.

Como Universitario Nicolaíta, estoy convencido de que necesitamos especialistas que comprendan la logística agroalimentaria, la analítica de datos, la inocuidad, la nutrición y la transformación de alimentos como partes de un mismo sistema.

Y este es un gran desafío para nuestra Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, el integrar en nuestros procesos formativos estrategias y temáticas que contribuyan a garantizar que esos alimentos lleguen a quienes los necesitan, con calidad, oportunidad y a un precio justo; esto haría una gran diferencia, y créame, esto no es un asunto estadístico, es una decisión ética.

Nuestro país no debería sentirse orgulloso únicamente de alimentar al mundo, debería sentirse, antes que nada, orgulloso de haber encontrado la manera de alimentar bien a su propia gente, #Palabra_de_Nicolaíta.